EL SECRETO DE LOS DIOSES
Pedí que me definieran el secreto de los dioses y me contestaron: “defínelo tu”...
Pues bien, acepto el reto J
Creo que cada uno de nosotros lleva dentro a los dioses - los que han sido, los que son, y los que serán- porque todos se reducen en el fondo a lo mismo: el miedo a lo desconocido, el deseo de inmortalidad y la necesidad de protección del ser humano.
Cada dios representa una parte de nuestro ser. Adoramos, por tradición o por convicción, a aquel que más se identifica con nuestra forma de ver la vida. Pero no somos seres estáticos: nuestra visión del mundo, como nuestro cuerpo, cambia a lo largo del tiempo, y nuestro dios cambia con ella.
Y, en realidad, no importa bajo qué nombre o qué forma lo adoremos, porque lo esencial no es el dios en sí, sino quien lo adora: Es él, el humano, el que duda y se hace preguntas, el que disfruta de una vida que sabe efímera y quiere conservar, el que siente su fragilidad y su pequeñez ante la inmensidad... Y ante la imposibilidad e impotencia de “no saber”, “no morir” y “no sufrir” no nos queda otro remedio que proyectar hacia fuera lo que llevamos en el interior, plasmándolo en los dioses a los que convertimos en aquello que queremos ser y nunca seremos. Al igual que las lagrimas son la manifestación exterior del dolor, los dioses son la manifestación de nuestra imperfección. Quizás el día que nos aceptemos tal y como somos dejemos de “necesitar” a dios, o tal vez, ese día convirtamos en dios a la humanidad, con sus grandezas y sus miserias...
Mientras tanto, “el secreto de los dioses” está, para mí, en que busquemos a nuestro propio dios, que no es otra cosa, ni más ni menos, que encontrarnos a nosotros mismos.
Mallorea
