EN EL CORAZÓN

Hace ya mucho tiempo, en una lejana época en la que el Olimpo se alzaba majestuoso sobre la Hélade, y Zeus soberano reinaba sobre dioses y mortales, existía, al suroeste de la Arcadia, una remota isla conocida con el nombre de Atlántida, gobernada por un rey cuyo nombre era Kairós.

Los habitantes de la pequeña isla estaban orgullosos de su rey, un hombre recto y temeroso de los dioses que cumplía la ley y veneraba a las divinidades ofreciéndoles los debidos sacrificios. Y no sólo sus súbditos lo honraban: muchos extranjeros conocían y visitaban su reino, pues de todos era sabida su excelente hospitalidad.

Pero a pesar de tener el amor de los suyos, la existencia del buen rey no era feliz; como si de un castigo cruel se tratase las divinidades del Erebo se habían cebado en él: tres veces había tomado esposa de entre las mujeres de su país, tres veces habían sido éstas agraciadas con la siembra de Demeter, y tres veces Thánatos se las había arrebatado, así como a los hijos, para llevárselos a los dominios de Hades.

Así pues, el soberano había decidido vivir sin amor... y de esta forma transcurría la vida para él.

Un día, paseando por uno de los bosques cercanos a su palacio –única distracción que le entregaba un poco de felicidad -, observó en una fuente a una joven pastora que trataba de abrevar agua para su ganado, pero no era capaz, ya que la piedra que tapaba el pozo era demasiado pesada para ella; Kairós se acercó a ayudarla, la joven, al sentir sus pasos, se volvió, sus miradas se cruzaron... y el juguetón Eros disparó sobre ellos sus flechas dejándolos a ambos heridos de amor.

Volvió el rey a su palacio sin poder olvidar a Xaira, que así se llamaba la pastora, pues tan hermosa era que nada tenía que envidiar a la bella Helena -por quien aqueos y troyanos perdieron a sus valientes héroes, Aquiles y Hector -, y no resistió la tentación de regresar el día siguiente al bosque para ver de nuevo a su enamorada.

Desde que Eos aparecía y hasta que el carro de Helios se ocultaba para dejar paso a Selene se podía ver  a la pareja regocijándose en su amor. Pero Kairós, pese a amar a la doncella más que a ninguna de sus anteriores mujeres no se atrevía a hacerla su esposa, por temor de perderla también...  Y ocurrió que Afrodita, enterada de la fatal suerte de la pareja por la ninfa de la fuente testigo de su amor, se apiadó de ellos y le pidió a  Zeus que fijase su mirada en la pequeña isla. El padre de los dioses comprendió entonces la injusticia que se había cometido con Kairós, porque ocupado con las trifulcas y reyertas de dioses y mortales, había dejado de lado a aquél que tan dignamente le había venerado, y para reparar en lo posible la falta concedió al atribulado rey la bendición de su nuevo matrimonio, bendición a la que se unió su esposa Hera, y le otorgó además el privilegio de acoger como su protegido al primer retoño que les naciera.

Se celebraron las bodas, a las que asistieron un gran número de invitados: Agamenón y Menelao, Odiseo y su hijo Telémaco, Hector y París, Teseo y Piritoo, y muchos más representantes de todas las regiones de la Hélade.

Y poco tiempo después los habitantes de Atlántida escucharon el llanto de un pequeño príncipe al que pusieron por nombre Kamús; tal y como había prometido Zeus lo apadrinó y ordenó a los dioses que honrasen al pequeño como se merecía; una por una las divinidades olímpicas fueron entregando sus regalos y, al igual que Pandora, la primera mujer modelada por los dioses,  así Kamús fue recibiendo diversos presentes: Atenea le ofreció el don de la inteligencia; Ares el coraje guerrero; Dionisos la fecundidad; Artemis la habilidad para cazar; Apolo la puntería con el arco... Pero no todos los regalos fueron positivos, Poseidón, enojado con la reina Xaira por haberle rechazado, sembró en le corazón del niño, con ayuda de Eris –la discordia- la soberbia y la arrogancia.

Y pasó por dieciocho veces la estación en que la nieve cubre por completo a Gea, y dieciocho fueron las visitas que Perséfone hizo a su madre Demeter... Kairós se había convertido en un apacible anciano de barba blanca que observaba cómo los dones recibidos en su nacimiento se manifestaban en su heredero: Karús era ahora un jovencito hermoso, tan veloz en la carrera que habría podido vencer Atalanta, tan diestro en las peleas como Pólux, fuerte como Heracles y astuto como Hermes; pero era también orgulloso, como aquella Niobe transformada en piedra por haber injuriado a Leto. El anciano rey lo sabía, al igual que los mismos súbditos de la Atlántida que habían sufrido en sus carnes los desplantes del príncipe, y también Zeus que había seguido de cerca su crecimiento.

Decidido a dar un escarmiento a su ahijado Zeus le pidió a Atenea, su hija predilecta, que idease un castigo para el príncipe, con la intención de corregirle antes de que fuese demasiado tarde. Atenea elaboró una estratagema usando como cebo la propia ambición del muchacho: se presentó en la isla bajo la forma de un viajante extranjero y se dirigió a palacio, una vez allí pidió asilo al monarca, y Kairós, haciendo gala de su fama de hospitalario, alojó a la diosa en su casa como invitado de honor. Acabada la cena el rey, según la costumbre, pidió al viajero que le contase de dónde venía y hacia dónde iba, y Atenea –que era esto lo que esperaba- comenzó a relatarle los numerosos viajes que había realizado, enumerándole las maravillas que había encontrado a lo largo de su peregrinación... y mientras tanto, Kamús no dejaba de escuchar extasiado, imaginando los tesoros y tesoros que describía, y cuanto más escuchaba, más deseos le entraban de poseer todo aquello...

Y así fue como la inteligente diosa tejió la tela de araña en la que el príncipe quedaría atrapado; días más tarde, cuando ya el viajero se había marchado, el joven seguía pensando en algo de lo que había dicho: había hablado de un lugar en el que existía un  maravilloso tesoro, tan espléndido que ni aún sumando las riquezas de todos los reyes podría ser superado en valor. Kamús se volvía loco pensando y decidió que ese tesoro tenía que ser suyo.

De este modo dejó su país, abandonó a sus venerables padres y se lanzó a la búsqueda solitaria de aquello que creía ya en sus manos, sin pensar por un momento en aquél Tántalo, castigado por su codicia a pasar hambre y sed eternamente.

Sin saber qué rumbo tomar se dirigió primero a Argos. Allí fue hospedado por Acrisio, descendiente de Dánao –que no había podido evitar que su hija Dánae, fecundada por Zeus bajo la forma de lluvia dorada, diese a luz a Perseo- El rey de Argos no pudo darle noticias y tras unos días Kamús se marchó hacia Cnosos; aquí encontró a Teseo que trataba de acabar con el Minotauro con la inestimable ayuda de Ariadna y su hilo (sin el cual se habría perdido en el laberinto de Dédalo y su hijo Icaro) Tampoco el rey Minos había oído hablar nunca de tal tesoro, y nuestro joven príncipe abandonó la isla junto con Teseo.

Llegó con el ateniense hasta la isla de Naxos, en la que se adoraba a Dionisos. Tras despedirse de su amigo, Kamús recorrió todas las islas, siempre buscando noticias, pistas que le llevasen hasta el deseado tesoro... pero no las encontró. Buscó en Rodas, donde Perseo liberó a Andrómeda; buscó en Mileto, en Efeso, en Samos, en Chios, en Tebas –patria de Edipo-, en Lemnos, donde Jasón y sus argonautas yacieron con las mujeres asesinas de sus maridos; Estuvo en Troya, frente a los muros de la destruida ciudad del rey Príamo... Infinitos fueron los lugares y las personas que encontró el joven en su viaje.

Habían pasado siete años desde que el arrogante joven dejó su tierra; durante este tiempo conoció lugares hermosos y gentes amables, encontró amigos dispuestos a tenderle una mano, vivió mil y una aventuras, pero nunca halló lo que buscaba. En realidad ya casi había olvidado el motivo de su viaje. Mnemósine se había apartado de él.

Estaba a punto de llegar al final de su peregrinaje, sólo que no lo sabía. Zeus había decidido que el castigo terminase y lo había guiado hasta el mismo monte Olimpo, allí, Kamús iba a encontrar por fin su tesoro... Cuando llegó al pie del monte el príncipe observó al viajero que, con sus palabras, lo había encandilado en el palacio de su padre; se fue acercando lentamente y a medida que avanzaba creía ver cómo una luz rodeaba al hombre; al llegar junto al viajero sus ojos no podían creer lo que estaba viendo: era la propia Atenea quien lo esperaba mostrándose en todo su esplendor:

“Has llegado hasta aquí después de recorrer innumerables caminos, buscando el tesoro que supera todas las riquezas de los más grandes reyes. Cuando saliste de la casa de tu padre eras un ambicioso y altanero jovenzuelo, pero el camino te ha enseñado a agachar la cabeza: ayudaste a aquellos que te necesitaron y has sabido mostrar tu agradecimiento a quienes te socorrieron a ti; has entendido por fin qué es lo que tiene verdadero valor... ahí tienes tu Tesoro.”

Fue entonces cuando comprendió que el tesoro siempre había estado con él, lo había acompañado desde el primer momento, porque ese tesoro no era otra cosa que lo habitaba en su corazón.

Y el pequeño Eros, sonrió...

Mallorea