ECUADOR
Una ola de sangre ahoga a la ciudad.
Mucho se ha hablado de aquel súcubo llamado La Hija de la Noche, quien —según dicen—, en una época lejana, aunque no tanto como para haberla olvidado, solía recorrer la ciudad de Quito tan pronto como el sol declinaba detrás del Pichincha. Cual fiera de presa, oculta entre la tupida oscuridad, acechaba pacientemente a sus víctimas, en espera de la ocasión favorable para darles implacable cacería. Las piezas las elegía de entre los varones noctámbulos que se aventuraban por las calles en ejercicio de románticas gestiones. Como experimentada cazadora que lo era, y también gracias al arma que usaba, jamás erraba un solo golpe. Por cierto, ésta en nada se parecía a los adminículos utilizados por los afectos a la caza mayor, que van desde la simple lanza hasta el sofisticado rifle, pasando por la cerbatana y el machete, ya que se trataba de algo más infalible: su deslumbrante belleza femenil, que obraba en el incauto como el imán ante una partícula de hierro.
Pero desengáñese usted si cree ingenuamente que aquella magnífica mujer se exponía al rigor de la noche andina, abdicando a la delicia de entregarse a Morfeo en la calidez de su lecho, además de exponerse a las suspicacias de la vecindad, simplemente por el placer de seducir a algún confundido noctívago y obsequiarle a continuación con una inolvidable sesión de amor. Nada de eso. Al infeliz que, enmarañado en pecaminosas perspectivas, caía en su poder, luego de conducirle hacia la abandonada casa que ocupaba furtivamente, le concedía únicamente un solo beso de sus rojos y sensuales labios. Un beso prolongado, voluptuoso, absorbente, que parecía extraerle el alma con la fuerza de una bomba de succión, y ardiente como las llamas del averno. Y, tomando aquel ósculo como el punto de partida del embate, infligía a la víctima una pavorosa y dilatada agonía, ya que, invariablemente, la devoraba viva.
La aciaga presencia de La Hija de la Noche en la ciudad de Quito, en 1918, como nunca antes ni después, dejaría en la memoria de los quiteños dolorosos recuerdos. El número de inmolados en esta ocasión fue mayúsculo y el fin que encontraron estos infelices, espeluznante.
Las osamentas encontradas casualmente en el interior de cierta casa deshabitada de la ciudad, debido principalmente a su deterioro, hablaban por sí solas de la saña y la voracidad con que el monstruo daba cuenta de sus efímeros amantes. Los huesos, sin la menor partícula de carne adherida a ellos y con muestras de haber sido extraído el tuétano, se amontonaban en el suelo de las asquerosas covachas, como escombros caídos allí al azar. Y junto a los macabros restos, convertidas en jirones e impregnadas de sangre, se veían vestimentas de exclusivo uso masculino.
Mas la ciudadanía, ignorante aún del peligro que cernía sobre sus cabezas, se preguntaba cuál había sido el motivo que impulsara al asesino a dar semejante tratamiento a sus víctimas. Sin duda, la necesidad de apropiarse de sus pertenencias estaba descartada, ya que el contenido de los bolsillos de la estropeada indumentaria recogida allí se hallaba intacto. Tampoco había sido tocada la dentadura, de oro en su totalidad, que ostenta una de las calaveras. Un ladrón no habría despreciado ni lo uno ni lo otro. Entonces, ¿el motivo era la venganza? Quizá. Pero ¿existe alguien capaz de liquidar a tanto infeliz, sin que el temor de ser descubierto no contribuyese a menguar la sed de tomar satisfacción de un agravio? Y aun admitiendo la existencia de semejante engendro, ¿por qué eliminaba la carne de los cadáveres? ¿Consideraba insuficiente castigo para sus enemigos el sacarles de circulación únicamente? Sus preguntas no tenían respuesta.
Las encuestas realizadas por la policía con el fin de revelar los vínculos de los crímenes, que permanecían envueltos en una densa oscuridad, no hicieron otra cosa que acrecentar el nimbo de su enigma. Las pistas que los sabuesos se ufanaban de haber descubierto tras intensos interrogatorios, ciertamente, no iban mas allá de lo que la ciudadanía conocía desde el principio, sin haber tomado la molestia de interrogar a nadie. Todo el resultado de las indagaciones se reducía a esto: que ninguna nueva banda de forajidos, de quienes se hubiera podido sospechar dedicados al infame tráfico con la carne obtenida de cadáveres humanos, como la que a la sazón guardaba prisión, había sido últimamente detectada en la ciudad;* que tampoco ningún loco asesino se había convertido últimamente en caníbal, y que no había noticia de que manada alguna de lobos o perros rabiosos merodeara por la urbe. Sin embargo, las osamentas denunciaban que varias personas habían sido devoradas de la forma más horrenda.
Finalmente, la infalible policía logró dar con un ciudadano que aseguraba haber escuchado cierta noche pavorosos alaridos de los que no podía precisar ni la hora ni el sitio de procedencia. Y como para sellar con broche de oro su invaluable misión, obtuvo dos testimonios "concluyentes", pero que ella misma los calificó a priori como de dudosa procedencia, además de contradictorios entre sí. Pues, cierto vago consuetudinario y afecto a elevar el codo, declaró que una noche vio cómo una pareja, al parecer de amantes, ingresaba en una casa abandonada. Conformaban la pareja una despampanante dama de ojazos azules y sensuales labios rojos y un enorme negro que, al sonreír, mostraban con no poca vanidad sus dos hileras de dientes elaborados en fino oro. En cambio el otro testigo, un mozalbete conocido por el vecindario como el mitómano oficial del barrio, expuso que también él vio perfectamente a la susodicha pareja. Pero que era la mujer quien poseía los dientes de oro y no el negro, que parecía un miserable.
Las investigaciones policíacas cesaron inexplicablemente en ese punto. A partir de ahí, mil conjeturas, cual más fantástica, se elaboraron en torno de los autores de los crímenes y las motivaciones que habrían tenido ellos para obrar como lo hicieron. No obstante, ningún secreto puede permanecer oculto por mucho tiempo sobre la faz de la tierra. Más temprano que tarde, la verdad se hace patente. Finalmente, La Hija de la Noche fue señalada como la culpable de todo.
Y como para desmadejar un ovillo enmarañado hace falta sólo encontrar la punta del hilo, no representó ya ninguna dificultad desentrañar la identidad de las víctimas. Así se pudo establecer quién fue quién. Por cierto, todos los asesinados fueron catalogados como hombres jóvenes, saludables y de complexión atlética, quienes, de no ser por el fatal encuentro con La Hija de la Noche, hubieran alcanzado una longeva y fructífera existencia. Era así, que duda cabe, que todos ellos poseían alguno de los dones con que se adornó Adonis, pero, en contraposición, gozaban de pésima reputación.
Excepto una sola y honrosa excepción, los demás eran mozos de temperamento vehemente y hábitos detestables, dispuestos a protagonizar actos temerarios, cuando no a jugarse la vida, llegada la ocasión. De entre estos personajes, de quienes la fantasía popular ha engalanado con ricos pasajes de novela su breve permanencia en este mundo, se descuella como ninguna otra justamente la figura de la víctima de los dientes de oro.
Y ahora, 83 años después, tal vez no como realmente sucediera, pero sí como afirma la leyenda, me propongo a describir los azarosos pasos de un interesante sujeto durante los últimos meses de su permanencia en este mundo. Este sugestivo personaje, debido a su nada recomendables costumbres y sobre todo a su trágico fin, muy pronto daría origen a otra leyenda no menos tenebrosa que la de la Hija de la Noche. Pero esta es una fábula diferente que prometo relatarles en otra ocasión.
